Tengo en mis manos la versión digital de La
Genealogías de Cartago de Monseñor víctor Sanabria, publicadas por
la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas y que se vende,
en la sede de la ACCG en San José, en forma de CD por un precio
simbólico: unos $8
dólares. No me toca a mí comentar sobre el trabajo fundamental de
Mons. Sanabria, fundamental para la genealogía de Costa Rica e
importante para la genealogía de Nicaragua dadas las estrechas
relaciones familiares que siempre han existido.
La biografía de Víctor Manuel Sanabria Martínez (1898-1952),
II Arzobispo de San José (1940-1952)
dice que nació en San Rafael de Oreamuno el
17 de
enero de
1898,
hijo de Marcial Sanabria y Juana Martínez, fue el menor de
7
hermanos. Sus estudios primarios los hizo en su tierra natal y los
secundarios en el Colegio Seminario. Al concluirlos solicita su
ingreso al Seminario Mayor en
1915.
Sus maestros juzgaron que tenía "talento, buen espíritu y
vocación probable". El
15 de
marzo de
1919,
a la edad de
20 años
es ordenado Subdiácono. Mons. Stock lo envía al Colegio Pío
Latinoamericano a completar sus estudios de Teología. Obtiene el
doctorado en Derecho Canónico en roma, el
13 de
junio de
1921
por la Pontificia Universidad Gregoriana y completa los estudios de
filosofía en la Academia Santo Tomas. Fue ordenado sacerdote el
4 de
octubre de
1921.
Por razones familiares regresó a Costa Rica e inicia su labor
pastoral. Es nombrado como coadjutor de la Parroquia de Cartago (1-10-22)
y profesor de religión en el San Luís Gonzaga, Párroco de San
Ignacio de Acosta (21-9-23)
y trasladado como Capellán del Colegio de Sión (12-3-25).
Se cuenta que dentro de su vocación sacerdotal en algún momento se
sintió llamado a ingresar a la Compañía de Jesús. Pero Mons. Otón
Castro intervino para hacerlo desistir de su inquietud.
Cada vez fue adquiriendo mayores responsabilidades en el Gobierno de
la Arquidiócesis de San José. Mons. Castro lo nombra en
1924
su secretario. Dos años después Vicario General y Apodero
Generalísimo. En diciembre de
1926,
Canónigo Teologal.
Al morir Mons. Antonio del Carmen Monestel,
1º Obispo
de Alajuela en
1937,
Mons. Sanabria es electo por Pío XI,
2º obispo
de Alajuela el
12 marzo
de
1938.
A la muerte de Mons. Otón Castro Jiménez el
14 de
diciembre de
1939,
el Papa Pío XII lo eleva como
2º
Arzobispo de San José el
7 de
marzo de
1940.
Entre sus obras están: Datos Cronológicos para la Historia
Eclesiástica de Costa Rica (1935),
Los muertos de la Campaña Nacional (1932),
El Doctor Don Domingo Rivas (1930),
Anselmo Llorente y Lafuente, Primer Obispo de Costa Rica (1933),
La Primera Vacante de la Diócesis de San José (1933),
Bernardo Augusto Thiel, Segundo Obispo Costa Rica (1941),
Los últimos años de la Orden Franciscana en Costa Rica (1931),
El Obispado de Nicaragua y Costa Rica (Mensajero del Clero,
1932),
Episcopologio de Nicaragua y Costa Rica,
1531-1850.
(1943),
Documenta Histórica Beatae Marie Virginis Angelorum (1945),
Fray Alonso Bravo de Laguna (Mensajero del Clero,
1930),
Una relación de la Batalla de Rivas (Mensajero del Clero,
1930),
Los orígenes de la Masonería en Costa Rica (1928).
El CD consta de
2556
páginas sin numerar porque los editores prefirieron mantener intacto
el trabajo de Mons. Sanabria. La obra consta de seis tomos. El
primer tomo corresponde a las páginas
1 a
393 e
incluye en la página
2 la
presentación de la ACCG con fecha del año
2006,
seguida de la presentación de la edición original mimeografiada de
1957
en la página
4
publicada por la Academia de Geografía e Historia. La Introducción
de monseñor Sanabria comienza en la página
5 hasta
la página
62. En
la página
63
comienzan las genealogías propiamente dichas, ordenadas por orden
alfabético que comienzan con A1
Abarca Calderón y termina el tomo en la página
393 con
B484
Bustamante (miscelánea).
El segundo tomo cubre las páginas
394 a
827
incluyendo C485
Caballero a F1079
Fuentes. El tercer tomo corre de las páginas
828 a
1104
desde G1
Gadea a LL510
Llorente. El cuarto tomo comienza en la página
1195
con M511
Machado-Guido y termina en las Páginas Adicionales
(Pacheco-Miscelánea) en la página
1655.
El tomo quinto comienza con Q1
Quesada Umaña en la página
1656 y
termina con T696
Troyo (Troya) en la página
2141.
El tomo sexto comprende de las páginas
2142 a
2556 y
cubre U697
Ugalde Rodríguez hasta Z235
Zúñiga en la página
2495.
El la siguiente página comienza el índice general hasta terminar en
la página
2556.
Quiero transcribir algunos comentarios que hace Mons.
Sanabria en la Introducción para animarlos a comprar la obra de
Monseñor Sanabria en CD. Sobre los Datos de sangre dice que
“En los se hacía el apunte de
sangre, no por confesión de los declarantes, es decir de los
padrinos o testigos, sino de acuerdo con el criterio de los
sacerdotes o seglares que llevaban los registros. Era ese un
criterio empírico, pero relativamente seguro. Se guiaban a veces
por el aspecto exterior de las criaturas, y sobre todo por las
noticias que tenían de casi todas las familias y ascendencias. Eran
en esta parte, expertos genealogistas. Los untillos sociales en
este negocio se hicieron más visibles, una vez que familias
distinguidas comenzaron a entroncar con otras de inferior
categoría. Por causa de ello se daban casos en que, por
condescendencias explicables, los apuntadores mejoraban a su talante
la sangre de los infantes, o por el contrario, por reacción personal
o de otro orden contra “los nuevos ricos”, que diríamos hoy, o sea
contra los “nuevos nobles”, certificaban la sangre, mestiza o
mulata, por empeño machacón. Parece que en la determinación de la
sangre de los bautizados o en la aplicación del “Don”, cuando cabía,
se solía atender más la sangre de la madre, que a la del padre. Las
razones que acabamos de dar, todas en su conjunto o cada una de
ellas por separado, sirven para explicar que en la descendencia de
un mismo tronco, unos retoños aparezcan de mejor sangre y otros
resulten con título más rebajado.
Sobre las defunciones dice
“No
citamos entre esos libros, los de defunciones, que no los hemos
tomado en cuenta para no complicar más de lo justo nuestro trabajo,
y porque en realidad son más deficientes que los otros. Se
apuntaban las partidas de defunción de aquellos a quienes se hacían
exequias, pero muchos eran los que no eran llevados a la iglesia
para aquel efecto, ya fuera porque hubiese muerto en lugares muy
apartados o porque los dolientes quisieran excusar el gasto que
suponía presentar sus muertos en la iglesia con una cierta decencia
y pagar derechos parroquiales, violinistas y velas, según lo que en
aquellos tiempos se estilaba en los funerales.”
Y sobre los libros de bautismo
“En los principios había dos libros de bautismos, en el primero se
apuntaban los españoles y en el otro los indios, esclavos, etc.
Esto explica que entre
1637 a
1640
se encuentren pocos o ningunos españoles apuntados, porque el libro
que se ha conservado es el de los indios y demás gentes; en
1641 a
1643
se encuentran solo españoles apuntados porque son fojas del libro de
españoles. Solo desde
1673
en adelante parece que se llevaba un solo libro para todos...La
desigualdad que se observa en el número de bautizos de cada año
proviene de que en muchos casos, casi en la mayor parte de las
partidas, se trata de haber suplido la ceremonias, habiendo sido
bautizado el niño antes, en caso de necesidad. Como la mayor parte
de la gente vivía en los campos y en los valles en grandes
distancias de la iglesia parroquial, no podían llevar fácilmente sus
hijos nacidos a la iglesia; después se olvidaban y cuando por fin
hacían el viaje a Cartago, venían con dos, tres y hasta cuatro y
cinco hijos, todos bautizados privadamente y quienes se suplían en
el mismo día las ceremonias. Este es el motivo principal de la
desigualdad en el número de bautizados de cada año.”
Y
finalmente sobre los “hijos de la Iglesia”:
“Hijos de la Iglesia siguiéronse llamando en los registros
parroquiales los hijos naturales, hasta
1666
en que por primera vez se emplea la calificación de “hijo de padres
no conocidos.” No ha faltado quienes en tiempos pasados, de buena o
mala fe, vayamos a averiguarlo, creyeron o aparentaron creer que
“los hijos de la Iglesia,” eran hijos de sacerdotes, cuyos nombres
por tanto habría que adornarlos en las tablas genealógicas con el
consabido bonete, no obstante el hecho bien notorio de que en
algunos años eran tantos los hijos de la Iglesia que ni aun pensando
lo peor de todos los sacerdotes y religiosos residentes en Cartago
en ese entonces, podría justificarse la sospecha. A los hijos
naturales los llamaron en España, en los registros eclesiásticos,
“hijos de la tierra” o “hijos de la Iglesia.” Aquí se empleó la
segunda calificación, quizás por ser más caritativa y cristiana. En
los libros de defunción se les llama “botaditos”, es decir,
expósitos, a las puertas de fulano o zutano. Aquella nomenclatura
tenía su razón de ser. Los expósitos, que casi todos los hijos
naturales lo eran en aquel tiempo, eran expuestos a las puertas del
templo parroquial, o bien a las del párroco, el cual procuraba
encontrar en la comunidad parroquial quien se hiciera cargo de
ellos. Aumentando la población, y con ella el número de hijos
naturales, la exposición se hacía a las puertas de alguna persona
ligada por sangre con la criatura o en las de cualquier otro vecino,
ya que las puertas del templo como las del cura, estaban más
expuestas a la observación de los curiosos. Más tarde, y sin que
ello pueda calificarse de descarado cinismo, no se llevaba tan mal
que la madre confesara su culpa criando el fruto de su pecado pero
también de sus entrañas.